Hablemos sobre uno de los temas favoritos de todo el mundo:
la relación entre monogamia e infidelidad. Tradicionalmente se ha visto el
adulterio como una especie de error contra natura, algo así como un conjunto de
pequeñas grietas en la superficie de lo que debería ser el comportamiento
humano. Así, el concepto “relación extramarital” se ha visto asociado a un
fallo por parte de las personas a la hora de aplacar sus impulsos y formar una
familia. En general, las infidelidades se han considerado como una excepción,
algo que no representa a la esencia humana. Sin embargo, cabría preguntarse si
este enfoque es realista. ¿Te has preguntado alguna vez si en nuestro
cerebro existe algún mecanismo que nos oriente hacia la monogamia?
La
respuesta rápida a esta pregunta es: no, no lo hay. En términos generales, que
los seres humanos no somos monógamos de la misma forma en la que lo son algunos
animales es algo que está fuera de toda duda. En primer lugar, debemos
distinguir entre monogamia sexual y monogamia social. La monogamia sexual
es algo que se lleva en los genes,
y consiste en la imposibilidad práctica de reproducirse con más de una pareja.
Este tipo de “fidelidad” es algo que nos queda muy lejos y, realmente, es
dudoso que nadie pudiera tener mucho interés en experimentar esta forma de
monogamia. Piensa por ejemplo en algunas especies de pez linterna: cuando se
reproducen, el macho queda físicamente adherido a la hembra, mucho más grande,
y esta va digiriendo a su pareja hasta llegar a absorberla completamente.
¿Dirías que eso es lo que sientes por las personas que te atraen?
La
monogamia sexual, pues, es un fenómeno bastante raro en la naturaleza, ya que
casi todas las especies que se reproducen sexualmente y cuidan a la cría con
una pareja específica, copulan con otros a la mínima de cambio para luego
seguir dedicándose a la vida en familia con la pareja de siempre. En estos
casos hablamos de monogamia social, es decir, un patrón de
comportamiento guiado por las circunstancias y no por la genética.
En
nuestro caso, ocurre más o menos lo mismo. Lo máximo que podemos llegar a decir
es que somos animales que a veces practican la monogamia social, pero no la
sexual. Este es el único tipo de monogamia al que aspiramos, ya que tenemos la
opción de vivir la fidelidad como
pacto, algo a lo que se llega entre dos personas por decisión propia,
pero no se da de manera espontánea en los miembros de nuestra especie (o al
menos no de manera generalizada).
Y es que,
aunque estén mal vistas en algunas culturas, las relaciones extramatrimoniales
son relativamente frecuentes en nuestra especie si nos comparamos con otros
animales: los gibones, los albatros, los caballitos de mar, etc. Por eso,
considerarlas fruto de la excepción supondría ignorar deliberadamente una gran
parte de la realidad. Además, el incumplimiento de la monogamia genética no es
patrimonio exclusivo de los hombres, ya que se da frecuentemente en ambos sexos.
Si el adulterio nos escandaliza
tanto puede ser, quizás, porque es una violación
de las normas, no porque no tenga razón de ser. Puede discutirse si las
infidelidades (entendidas como la ruptura de un trato con la pareja) son algo
deseable o no, pero no puede negarse que están totalmente asentadas en la
realidad: incluso hay agencias de contacto que hacen de la infidelidad un valor
añadido en sus campañas de marketing.
Pero
entonces… ¿cómo y por qué se originó la vida en pareja en nuestra historia
evolutiva? ¿Qué sentido tiene que exista un desfase entre monogamia sexual y
monogamia social? La psicología evolucionista dispone de ciertas hipótesis al respecto.
En
general, cuando nos ponemos a estudiar las pautas de reproducción del ser
humano nos encontramos con una gran variabilidad dependiendo de cada cultura,
pero no vemos una predisposición genética fuerte que nos lleve a tener hijos
sólo con una persona, tal y como hemos visto. Sin embargo, algunos psicólogos
evolucionistas creen que en etapas anteriores de nuestra evolución como simios
pudo existir una propensión hacia la monogamia que la selección natural nos asignó
por su utilidad. ¿Cuál era la utilidad principal de tener pareja estable, según
ellos? Las posibilidades de tener muchos hijos e hijas que nos sobrevivan. Un
análisis bastante hosco, sí. Según este enfoque, el amor romántico, que está
asociado a un sentimiento de obligación hacia la pareja, nace en realidad de
una especie de egoísmo invisible a nuestros ojos. La monogamia social sería, en
resumidas cuentas, un acuerdo basado en el propio interés y en la cesión
de una confianza hasta cierto punto inmerecida.
Hay
que tener en cuenta que en sí mismo, el adulterio no tiene por qué suponer una
desventaja desde el punto de vista de la selección natural. Por ejemplo, se ha estudiado que las
mujeres con hijos fruto de relaciones extramaritales podrían tener más éxito
reproductivo en ciertos contextos; es decir, pueden tener más posibilidades de
dejar descendencia. Así que ni siquiera nos es posible decir que la infidelidad
sea poco útil desde la óptica de la selección natural. Pero hay otra cosa que
tenemos que tener en cuenta si queremos estudiar el pacto de la fidelidad: las diferencias atribuibles al sexo.
Una
madre sabe que todos los esfuerzos que pueda hacer de cara a concebir y
criar descendencia van a verse correspondidos por la perpetuación de sus genes.
En comparación con el macho, una hembra tiene la certeza de que los sacrificios
que pueda hacer para que sus crías sobrevivan no van a ser en vano. Los machos
no tienen esta seguridad (en su caso existen más motivos para dudar de si el
retoño que protegen es suyo o no) pero, por otro lado, no se vuelven más
vulnerables durante el periodo de gestación. Precisamente por eso, según la
lógica de la selección natural, un macho tiene menos valor que una hembra como
pareja reproductora, porque esta última además de ser fecundada cuida de la
descendencia durante un tiempo largo. Si la mitad de la población de una
especie invierte mucho más tiempo y esfuerzo en la cría de la descendencia, nos dirán los
psicólogos evolucionistas,
los individuos que forman esa mitad de la población se convertirán en un
recurso por el que la otra mitad de individuos competirá ferozmente. Además, si
la supervivencia de las crías se ve comprometida por su fragilidad, puede que
lo más conveniente para el macho sea estar siempre cerca para proveer recursos
y ofrecer seguridad. De ahí que un estado emocional parecido al amor romántico,
relativamente duradero en el tiempo y que supone la exclusividad de una pareja,
pueda ser útil.
Una
de las conclusiones más descarnadas sobre el origen de la monogamia social se
centra en el importante papel de algo parecido a los celos. Según un estudio
publicado en la revista Science, la monogamia tiende a aparecer en poblaciones de
mamíferos cuando las hembras están muy distanciadas entre sí y su densidad
sobre el territorio es baja, lo cual haría difícil para los machos vigilarlas a
todas y evitar que intrusos las fecundaran. Así que, de ser cierto esto, el
cuidado de las crías por parte de los machos sería una especia de mal
necesario. Hay otro estudio, publicado en PNAS,
en el que se sugiere que la monogamia podría haber surgido para evitar el
infanticidio por parte de los machos. Esto podría haber sido así porque, en
muchos mamíferos polígamos, es frecuente que con cada cambio de macho dominante
este mate la descendencia del macho dominante anterior con tal de conseguir que
las hembras vuelvan a estar receptivas sexualmente. Todo esto es horrible, ¿no?
Si quieres, puedes volver a pensar en las costumbres monógamas del pez
linterna. A ver si así te recuperas.
Quizás
te hayas dado cuenta de que todo lo anterior es dolorosamente razonable si
pensamos en el ser humano como un
animal que se guía por sus impulsos.
En la gran mayoría de los vertebrados las crías ya tienen la capacidad de
moverse por su cuenta a las pocas horas de nacer, y algunas son completamente
independientes. En comparación, nuestros bebés nacen miopes, incapaces de
coordinar brazos y piernas y con dificultades hasta para mantener la cabeza
despegada del suelo. Necesitan toda la atención posible, y es posible que no
les baste con la ayuda de un solo organismo.
Sin
embargo, muchos psicólogos y antropólogos creen que son las dinámicas
culturales, y no la genética, las que explican la asignación de tareas de
crianza. Por eso somos tan imprevisibles, según ellos. Hoy en día hay muchas
personas que, a pesar de experimentar el amor romántico y la necesidad
de estar ligado a una persona, ni siquiera se plantean tener bebés. Otras
personas ni siquiera creen que exista esa forma de apego. Esto puede ser cierto
debido a que los grandes cerebros originados gracias a este proceso de
“emparejamiento” habrían hecho posible la aparición de un tipo de pensamiento
lo suficientemente abstracto como para diversificar las formas de amor: amor
por la comunidad, amor por los amigos, etc. Todos estos vínculos se
caracterizan por permitir la creación de grupos de gente cercana que puede
ayudar a criar a los hijos e hijas. Y es que aunque la pareja formada por los
padres biológicos no siempre sea la encargada de criar a los más pequeños, casi
siempre hay un círculo social protector alrededor del bebé, y puede incluso que
en ciertos contextos esta modalidad de crianza sea más beneficiosa, tal y como
propuso Skinner en su novela Walden Dos. En estas situaciones, el amor puede ser visto
como el pegamento que mantiene unido a este círculo de personas dedicadas a la
cría y que se sustituyen las unas a las otras. A fin de cuentas, los roles de
“figuras protectoras”, como cualquier otro rol, son intercambiables.
Uno
de los problemas de la psicología evolucionista es que aporta explicaciones
sobre el comportamiento del ser humano que no gustan a la mayoría de las
personas y que, además, son por sí solas insuficientes. Para esta corriente de
la psicología, gran parte de la conducta se explica por ser un método de adaptación al
medio (es decir de
asegurarse que nuestros genes pasan a la siguiente generación). Por ejemplo, se
llega a ver las relaciones entre hombres y mujeres como un juego en el que se
busca utilizar al sexo contrario para hacer más probable la perpetuación de los
propios genes, o de los genes que más se parecen a los nuestros. Además, hay
que tener en cuenta que el objeto de estudio de esta disciplina es algo con lo
que no se puede experimentar: la historia evolutiva de las especies. De alguna
manera, la psicología evolucionista aporta posibles explicaciones acerca de
ciertos patrones de comportamiento, pero no los identifica ni los explica
completamente. Los seres humanos nos caracterizamos por ser aculturados, y el
aprendizaje explica gran parte de nuestros aspectos psicológicos.
Sin
embargo, aunque la evolución no determina nuestra conducta, sí puede llegar a
explicar ciertas tendencias muy generales, y también puede ayudar a formular
hipótesis experimentales en la especie a la que pertenecemos ahora mismo: el Homo sapiens.
Es
cierto que el apego o el amor que sentimos hacia personas que no son nuestros
hijos podrían entenderse también como parte de una estrategia evolutiva para asegurar
la transmisión de nuestros genes. Sin embargo, también podría entenderse como
un fenómeno que escapa a las explicaciones fundamentadas en la biología. A
pesar de ello, si queremos descender de esa concepción tan idealista del amor
para sumergirnos en la ciénaga de las crudas explicaciones científicas,
debernos admitir que no hay nada en la naturaleza ni en nuestra genética que parezca
ir en contra de las infidelidades ocasionales. Es posible, incluso, que la
evolución natural vea estos escarceos con buenos ojos.
Fuente:
http://psicologiaymente.net/monogamia-infidelidad-vivir-en-pareja/

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