Hay
personas que se pasan la vida pensando más en los demás que en sí mismos.
Personas extremadamente empáticas y solidarias, cuya vocación consiste en
ayudar a otros. De hecho, muchos profesionalizan esta pulsión innata con la que
nacieron, convirtiéndose en médicos, enfermeros, psicólogos, asistentes
sociales o voluntarios al servicio de alguna causa humanitaria. En muchos
casos, incluso dedican sus vacaciones a enrolarse en alguna ONG, atendiendo a
los más pobres y desfavorecidos.
En
su ámbito familiar y social, por ejemplo, suelen convertirse en la persona de
referencia a la que el resto de amigos acuden cuando padecen algún
contratiempo, problema o penuria. Son los primeros en ir al hospital cuando
alguien que conocen acaba de ser operado, sufre una enfermedad o ha tenido un
accidente. O en echar una mano cuando alguien se cambia de piso y necesita
ayuda con la mudanza.
Todos
ellos suelen tener como referentes a la madre Teresa de Calcuta o a Vicente
Ferrer. Inspirados por su ejemplo, consideran que lo más importante en la vida
es ser “buenas personas”. De ahí que por encima de todo se comprometan con la
generosidad, el altruismo y el servicio a los demás. Sin embargo, este
comportamiento aparentemente impecable puede albergar un lado oscuro. Tarde o
temprano llega un punto en que su compulsión por ayudar les termina pasando
factura.
Dentro
de este “club de buenas personas” hay quienes dan desde la abundancia y
quienes, por el contrario, lo hacen desde la escasez. Es decir, quienes dan por
el placer de dar y quienes, por el contrario, lo hacen con la esperanza de
recibir. Centrémonos en estos últimos, indagando acerca de lo que mueve
realmente sus acciones.
Muchos
de estos ayudadores se fuerzan a hacer el bien, siguiendo los dictados de una
vocecilla que les recuerda que ocuparse de sí mismos, de sus propias
necesidades, es “un acto egoísta”. No en vano están convencidos de que, para
ser felices, la gente les ha de querer. Y de que, para que la gente les quiera
y piense bien de ellos, han de ser buenas personas. Movidos por este tipo de
creencias, suelen ofrecer compulsivamente su ayuda, atrayendo a su vida a
personas necesitadas e incapaces de valerse por sí mismas.
Al
posicionarse como salvadores, consideran
que los demás no podrían sobrevivir ni prosperar sin su ayuda. De ahí que
tiendan a interferir en los asuntos de sus conocidos, ofreciéndoles consejos
aun cuando nadie les haya preguntado. Sin ser conscientes de ello, pecan de
soberbia, posicionándose por encima de quienes ayudan, creyendo que saben mejor
que ellos lo que necesitan. Paradójicamente, su orgullo les impide reconocer
sus propias necesidades y pedir auxilio cuando lo requieren.
Detrás
de su personalidad inclinada a agradar siempre, bondadosa y servicial se
esconde una dolorosa herida: la falta de amor hacia sí mismos. Un sentimiento
que buscan desesperadamente entre quienes ayudan, volviéndose individuos muy
dependientes emocionalmente. Esta es la razón por la que con el tiempo aflora
su oscuridad en forma de reproches, sintiéndose dolidos y tristes por no
recibir afecto y agradecimiento a cambio de los servicios prestados. En algunos
casos extremos terminan estallando agresivamente, echando en cara todo lo que
han hecho por los demás. También utilizan el chantaje emocional, el victimismo
o la manipulación para hacer sentir culpables a quienes han ayudado, esperando
así obtener el amor que creen que merecen y necesitan para sentirse bien
consigo mismos.
El
punto de inflexión de estos ayudadores compulsivos comienza el día que deciden
adentrarse en un terreno tan desconocido como aterrador: la soledad y la
introspección, poniendo su empatía al servicio de sus propias necesidades. Solo
así superan su adicción y dependencia por el amor del prójimo, volviéndose
mucho más autosuficientes emocionalmente. Solo así logran poner límites a su
ayuda –sabiendo decir “no”–, sin sentirse culpables o egoístas por priorizarse
a sí mismos cuando más lo necesiten.
Antes
de volver a ayudar a alguien, puede ser interesante que se pregunten lo que les
mueve a hacerlo, comprendiendo el patrón inconsciente que se oculta detrás de
sus buenas intenciones. De este modo, dejarán de acumular sentimientos
negativos hacia aquellos que no les devuelven los favores prestados. A su vez,
también pueden recordarse que cada persona es capaz de asumir su propio
destino, aprendiendo a resolver sus problemas por sí misma.
En
este sentido, es fundamental que comprendan que nadie hace feliz a nadie,
puesto que la felicidad se encuentra en el interior de cada ser humano. Lo
cierto es que este bienestar interno es el motor del verdadero amor, desde el
que las personas dan lo mejor de sí mismas sin esperar nada a cambio. En vez de
comportarse como buenos samaritanos, su gran aprendizaje consiste en ser
personas felices. Es entonces cuando comprenden que dar puede resultar la
verdadera recompensa.

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