Tradicionalmente, los científicos y gran parte de los
filósofos han considerado que la conducta humana se rige por el pensamiento
consciente. La creencia de que somos capaces de conocer todos los datos
importantes sobre nuestro entorno y nuestro cuerpo y que decidimos cómo
comportarnos ciñéndonos a esta información ha sido muy generalizada,
quizás porque la racionalidad ha sido un valor central en los naturalistas y
pensadores de los siglos recientes. Sin embargo, hoy sabemos que una parte muy
grande de los procesos que influyen en nuestro pensamiento y nuestras acciones
se basan en cosas que no conocemos directamente: esto es, elementos del
inconsciente. A pesar de este descubrimiento, es fácil caer en la confusión
cuando hablamos sobre el inconsciente, ya que este concepto es definido de
manera distinta por la teoría
freudiana (y posteriores tendencias
psicodinámicas) y la neurociencia de nuestros días.
Aunque Freud no usó el
método científico para investigar los procesos por los que se rige el
pensamiento, puede decirse que reparó en la existencia del inconsciente (o, más
bien, “lo inconsciente”, según su terminología) mucho antes de que los
científicos llegaran a vislumbrarlo. Ni él ni el resto de investigadores de los
procesos mentales conocían aún el funcionamiento orgánico por el que se rigen
los procesos mentales superiores a nivel inconsciente, más allá de haber
descrito ciertos principios generales. Por ello, Freud tejió una red de
hipótesis relativamente independiente de lo que hoy estudian las neurociencias.
Tanto
Freud como los discípulos de la teoría freudiana que no se alejaron de las
enseñanzas de su maestro usan el término inconsciente para referirse al contenido mental que, en
un momento determinado, está fuera del repertorio de pensamientos de los que la
persona es consciente y que, de algún modo, permanecen escondidos en algún lugar
de su psique. En definitiva, el inconsciente del que hablaba
Freud servía para referirse a recuerdos, percepciones y mezclas de sentimientos
que, respondiendo a una necesidad, son inaccesibles por medio del conocimiento
consciente. Se puede decir que, aunque la concepción actual del inconsciente no
sea la que usó Freud, esta última sigue compitiendo con la otra por ser la
primera en la que “lo inconsciente” ocupa una posición importante en un corpus
teórico extenso.
El
inconsciente planteado por la teoría freudiana está compuesto por elementos
racionales y emocionales concretos que permanecen reprimidos por tener un
significado problemático para la mente consciente. Es decir, no se mantienen
ocultos por su complejidad o su poca relevancia en el día a día de la persona.
Más bien al contrario, estos elementos reprimidos a los que se refieren algunos
psicoanalistas acostumbran a ser ideas relativamente simples que pueden ser
“traducidas” a la consciencia mediante operaciones simbólicas y cuya
presencia en el inconsciente, a pesar de pasar inadvertida, conforma una
especie de “gafas” para leer la realidad mediante pensamientos que, en cierto
sentido, son recurrentes.
La
teoría freudiana sostiene que los contenidos del inconsciente han de ser lo
suficientemente simples en sí mismos como para poder ser interpelados por
multitud de estímulos propios del día a día, aunque la manera en la que la
consciencia bloquea estos pensamientos sí es compleja, ya que se sirve de
combinaciones originales entre símbolos para dar expresión a lo reprimido. Los sueños,
por ejemplo, son para Freud un vehículo de expresión de pensamientos reprimidos
vehiculados mediante simbolismos.
Por
supuesto, esta definición de inconsciente es problemática y confusa, ya que el
lenguaje en sí mismo puede considerarse una manera de filtrar el inconsciente mediante símbolos (palabras), lo
cual significa que los pensamientos inconscientes, por su propia naturaleza,
nunca llegan a salir a la luz del todo y por tanto no los podemos conocer por
completo, ya que están en constante transformación en sus viajes a la
consciencia. Esta especie de oscurantismo es esperable debido a la complejidad
del objeto de estudio de los psicoanalistas, los temas tratados por la teoría
freudiana y su metodología de investigación. El inconsciente tiene siempre una
vertiente que no puede ser accesible mediante la simple palabra: por eso los
psicoanalistas reivindican la importancia de la interacción entre paciente
y terapeuta por encima de la lectura de libros de autoayuda, que contienen
principios codificados a priori mediante una
serie de símbolos que el autor ha elegido y ordenado sin conocer al lector o
lectora.
A
pesar de que Freud pueda ser considerado el “descubridor” del inconsciente, lo
es en tanto que introdujo una manera de pensar en el ser humano como un animal
que no conoce todos los procesos que guían su acción, pero no por haber dado
con el inconsciente mediante una investigación sistemática y pormenorizada del
mismo. La teoría freudiana es hija de su época, y está constreñida por las limitaciones técnicas. Tanto Freud como algunos de los psicólogos de su
época especularon sobre la existencia de aspectos inconscientes del pensamiento
y el comportamiento humano, pero su metodología de estudio (la
introspección, la observación de pacientes con desórdenes mentales, etc.) sólo
les proporcionó un conocimiento indirecto de estos. Afortunadamente, a pesar de
las limitaciones con las que se fraguó en su momento la teoría freudiana, en
nuestros días las neurociencias y los desarrollos tecnológicos que las
acompañan permiten un estudio mucho más completo sobre este tema.
La
teoría freudiana introdujo por primera vez una concepción más o menos
detallada del inconsciente como un elemento determinante en la conducta humana,
mientras que la comunidad científica de la segunda mitad del siglo XX,
curiosamente, seguía creyendo en la primacía de los procesos conscientes de
pensamiento sobre el resto del cuerpo humano. Hoy en día, sin embargo, las
tornas han cambiado en el mundo de la neurociencia y la gran
mayoría de los investigadores descartan el pensamiento consciente como el
principal motor de nuestra conducta. La investigación del inconsciente por
parte de los neurocientíficos es algo que ha aparecido recientemente, pero que
ha dado sus frutos de forma muy rápida.
El
inconsciente al que se refieren en la actualidad los neurocientíficos y los
psicólogos dista mucho de ser el concepto del mismo que presentó la teoría
freudiana. Para distinguir entre estas dos ideas, la del inconsciente de los
psicoanalistas y la del inconsciente de los científicos, a este último concepto
se le ha dado el nombre de Nuevo Inconsciente.
Mientras
que el inconsciente de la teoría freudiana existe en tanto que reducto al que
limitar pensamientos difíciles de digerir por la consciencia, la cual los
bloquea manteniéndolos lejos de sí misma, el Nuevo Inconsciente no se
fundamenta en fuerzas de motivación y pulsión ni en formas de represión o
“bloqueo” de pensamientos según su contenido. La relación entre los procesos
conscientes e inconscientes de los que hablan ahora los científicos no se
fundamenta en mecanismos de defensa, sino en la arquitectura del cerebro, que simplemente no está hecho para que todo lo
que ocurra en él tenga una transcripción a la consciencia humana. El Nuevo
Inconsciente es inconsciente de verdad, y no puede ser conocido indirectamente
mediante el análisis de sus “manifestaciones”.
Los
aspectos inconscientes del pensamiento existen como parte de un ciclo (el ciclo
Percepción-Acción) del que no nos interesa saberlo todo. No nos interesa
memorizar al instante todos y cada uno de los aspectos de la persona que
acabamos de conocer, y por ello buscamos una o dos referencias de su identidad
inconscientemente: por ejemplo, su peinado. Tampoco nos interesa dedicarnos a
estudiar detenidamente todos los temas sobre los que tenemos que realizar una
decisión, y por eso decidimos seguir inconscientemente los caminos de la heurística, ni es
necesario ser consciente de que el zapato izquierdo aprieta ligerísimamente, ni
es primordial dirigir conscientemente los movimientos del brazo derecho al
mirar por la ventana del autobús. Estos procesos deben ser llevados con
discreción no por su contenido, sino por su naturaleza, por ser algo que puede
ser gestionado automáticamente dejando espacio libre en la consciencia para
tareas especiales. En la teoría freudiana, en cambio, aquello que es inconsciente lo es precisamente
por su significación, su
importancia.
El
Nuevo Inconsciente se distingue del término usado por la teoría freudiana
porque no responde a una historia personal ni a la interiorización problemática
de experiencias pasadas. En todo caso, su razón de ser se encuentra en una
estructura cerebral diseñada para que sólo algunas tareas y funciones formen
parte de lo consciente, mientras que el resto es delegado a un conjunto de operaciones automáticas, algunas de las cuales podemos llegar a controlar
parcialmente llegado el caso (como la respiración).
En
definitiva, la vertiente inconsciente de los pensamientos más abstractos, como
la asociación automática que se puede dar entre la percepción de un perro por
la calle y los recuerdos de las últimas vacaciones en Barcelona, responden a la
misma mecánica por la que los procesos encargados de hacernos parpadear
acostumbran a ser inconscientes durante la mayor parte del tiempo. Esta es
la lógica por la que se rige el Nuevo Inconsciente: el puro pragmatismo biológico.
Mientras
que lo inconsciente de la teoría freudiana se basa en mecanismos
motivacionales, el Nuevo Inconsciente no es una cárcel de emociones y
pensamientos inapropiados, sino un lugar en el que se encuentran todas las
series de operaciones de las que tampoco tenemos especial interés en controlar
y cuyo automatismo nos facilita la vida.