Los animales vertebrados nos caracterizamos por afrontar
docenas de decisiones cruciales en nuestro día a día. Cuándo descansar,
con quien relacionarnos, cuándo debemos huir y cuándo no, qué significado tiene
un estímulo visual… todo esto entra dentro del repertorio de pequeños dilemas
cotidianos cuya resolución es una consecuencia inevitable de vivir en entornos
complejos. Además, cuando el animal vertebrado en cuestión es el homo sapiens de
las sociedades modernas, estas decisiones se multiplican para transformarse en
oleadas masivas de cuestiones que requieren nuestra atención: a quién votar,
dónde buscar trabajo, a qué gestores delegar tareas, etc. Son muchas preguntas
y no todas son fáciles de contestar y, sin embargo, salvo en algunas
excepciones, las resolvemos con una facilidad pasmosa y sin necesidad de entrar
en una crisis nerviosa. ¿Cómo se explica esto? La respuesta es que, en parte,
no resolvemos estas cuestiones tal y como se nos presentan, sino que tomamos
unos atajos mentales llamados heurísticos.
En psicología, un heurístico es una regla que se sigue de
manera inconsciente para
reformular un problema planteado y transformarlo en uno más simple que pueda
ser resuelto fácilmente y de manera casi automática. En definitiva, es
una especie de truco
mental para guiar la toma de decisiones por
senderos del pensamiento más fáciles. Pensemos, por ejemplo, en el siguiente
dilema, al cual llamaremos “problema original”:
¿Por quién votar en las próximas elecciones generales?
Para cualquier persona que crea en la democracia
representativa, esta es
una decisión relativamente importante, que requiere una profunda reflexión en
varios temas (gestión medioambiental, política de género, propuestas contra la
corrupción, etc.) y ante lo cual existe un abanico muy limitado de respuestas
posibles (abstención, voto en blanco, voto nulo o voto válido a una de las
candidaturas). A todas luces, llegar a la decisión de a quién votar según los
diferentes criterios y parámetros que figuran en los programas electorales es
una difícil tarea. Tan difícil, que nadie lo hace. En vez de responder a la
pregunta inicial, es posible que un heurístico especialmente seductor se
perfile en la mente de algunos votantes:
¿Qué partido está formado por la mayor cantidad de candidatos
que no me caen mal?
Esta es una problemática muy distinta a la primera. Tan
distinta, de hecho, que merece un nombre diferenciado: por ejemplo, “problema
simplificado”. Es aquí donde influye el pensamiento
heurístico. El
problema simplificado sólo incluye una dimensión que debe ser considerada, una
escala valorativa que puede expresarse del 0 (me caen todos muy mal) al 10
(este partido no está mal) y cuya respuesta se apoyará sólo sobre impresiones
subjetivas. Sin embargo, esta segunda pregunta guarda una relación de equivalencia con
la anterior: le damos una respuesta para usarla para responder a la primera. En
este caso, la opción ganadora resultante del proceso heurístico, que en este
caso es el nombre de un partido político, será transportada de nuevo al mundo
de las reflexiones sesudas y tomará asiento al final de la pregunta original
como si nada hubiera pasado.
Todo
lo anterior ocurre sin que el votante que utilizamos para este ejemplo advierta
lo que ha pasado. En tanto que este proceso psicológico se guía por la
lógica de los heurísticos involuntarios,
ni siquiera hace falta que el votante se proponga transformar el problema
original en un problema simplificado: esto ocurrirá automáticamente, porque
decidir si seguir o no esta estrategia es en sí un contratiempo añadido
con el que la atareada mente consciente no quiere lidiar.
La
existencia de este heurístico hará posible una respuesta rápida y cómoda a una
pregunta compleja y, por ello, renunciará a la pretensión de dedicar tiempo
y recursos a buscar la respuesta más exacta. Estos atajos mentales son una
especie de mal menor que se utiliza ante la imposibilidad de atender a todos y
cada uno de los problemas que deben ser afrontados, teóricamente, por un estilo
de pensamiento despierto y racional. Por ello, las consecuencias de dejarse
guiar por ellos no siempre son positivas.
A finales de los ochenta se realizó uno de los experimentos
que mejor ejemplifican un caso de pensamiento guiado por un heurístico. Un
equipo de psicólogos planteó a una serie de jóvenes alemanes dos preguntas muy
concretas:
- ¿Te sientes feliz en estos días?
- ¿Cuántas citas tuviste el mes pasado?
El
interés de este experimento estaba en estudiar la posible existencia de correlación entre las respuestas a estas dos preguntas, es decir, si
existía alguna relación entre la respuesta que se le daba a una de las
preguntas y la que se le daba a la otra. Los resultados fueron negativos. Ambas
parecían ofrecer resultados independientemente de lo que se respondía a la
otra. Sin embargo, al invertir el orden de las preguntas y plantearlas de
este modo a otro grupo de jóvenes, sí apareció
una correlación muy significativa. Las personas que respondían que habían
tenido un número de citas cercano a 0 se mostraban también más pesimistas a la
hora de valorar su nivel de felicidad.
¿Qué había pasado?
Según
las reglas del heurístico, la explicación más probable es que las personas del
segundo grupo habían extendido la respuesta de la primera pregunta, la más
fácil de contestar, a la segunda, cuya resolución implicaría reflexionar
durante un rato. Así, mientras que los jóvenes del primer grupo no habían
tenido más remedio que buscar una respuesta a la pregunta “¿te sientes feliz
estos días?”, los del segundo grupo sustituyeron inconscientemente esta
pregunta por la que habían respondido segundos antes, la de las citas. Así,
para ellos la felicidad por la que se preguntaba en el experimento había pasado a
ser un tipo de felicidad muy concreto, más fácil de valorar: El de la felicidad relacionada con la vida amorosa.
El caso de los jóvenes alemanes no es un caso aislado. La
pregunta sobre la felicidad también es sustituida cuando viene precedida de una
cuestión relativa a la situación económica o las relaciones familiares del
sujeto experimental. En todos estos casos, la pregunta que es planteada en
primer lugar facilita el seguimiento del heurístico a la hora de responder a la
segunda gracias a un efecto de priming.
Todo
parece indicar que sí, es muy común. El hecho de que la heurística responda a
criterios pragmáticos hace pensar que, allí donde hay una toma de decisiones a
la que no dedicamos el esfuerzo que se merece, hay un rastro de heurísticos. Esto significa, básicamente, que una grandísima parte
de nuestros procesos mentales se guían discretamente por esta lógica. Los
prejuicios, por ejemplo, son una de las formas que pueden tomar los atajos
mentales a la hora de lidiar con una realidad sobre la que nos faltan datos (¿cómo es este japonés en concreto?).
Ahora
bien, deberíamos preguntarnos también si es deseable el uso del recurso
heurístico. En este tema hay posturas opuestas incluso entre los expertos. Uno
de los grandes especialistas en toma de decisiones, el psicólogo Daniel Kahneman, cree que merece la pena reducir en cuanto podamos el
uso de estos atajos cognitivos, ya que llevan a conclusiones sesgadas. Gerd Gigerenzer, sin embargo, encarna una postura algo más moderada, y
sostiene que los heurísticos pueden ser una forma útil y relativamente eficaz
de resolver problemas en los que de otra forma nos quedaríamos atascados.
Desde
luego, hay motivos para ser cautos. Desde una perspectiva racional, no se puede
justificar que nuestras actitudes ante ciertas personas y opciones políticas
esté condicionada por prejuicios y formas ligeras de pensar. Además, resulta preocupante
pensar lo que puede ocurrir si las mentes que hay detrás de grandes proyectos y
movimientos empresariales obedecen al poder del heurístico. Resulta creíble,
teniendo en cuenta que se ha visto cómo las cotizaciones de las acciones de
Wall Street pueden verse influidas por la presencia o no de nubes que tapen el
sol.
En
cualquier caso, resulta claro que el imperio del heurístico es basto y está aún
por explorar. La diversidad de situaciones en las que puede ser aplicado un atajo
mental es prácticamente infinita, y las consecuencias de seguir o no un
heurístico también parecen ser importantes. Lo que es seguro es que, aunque nuestro cerebro esté diseñado
como un laberinto en el cual nuestra mente consciente acostumbra a perderse
en mil operaciones minuciosas, nuestro inconsciente ha aprendido a
descubrir y recorrer muchos de los pasadizos secretos que siguen siendo un misterio para nosotros.
Fuente: http://psicologiaymente.net/heuristicos-atajos-mentales-pensamiento/

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