La respuesta sobre la atracción la encontramos en la psicología
evolucionista. Su principio básico es que nuestros genes quieren reproducirse a
toda costa.
A toda costa puede significar, como en el caso del macho de la mantis
religiosa, a costa incluso de la propia vida. Tal es la fuerza del mandato de
nuestros genes. La psicología evolucionista sostiene que casi todas nuestras
reacciones inconscientes comunes al género humano (como por ejemplo las
expresiones de emociones básicas como la ira, el miedo o el asco analizadas por
Paul Ekman) son el resultado de un proceso adaptativo del hombre a la selección
natural. Es decir, reaccionamos inconscientemente ante un determinado estímulo
porque eso ha permitido que sobreviviésemos a lo largo de la historia. Ante un
olor a putrefacción nosotros hemos desarrollado una respuesta de asco porque de
no haberlo hecho, nuestros antepasados hubieran comido comida infectada, hubieran
muerto y sus genes no habrían llegado hasta nosotros.
Así pues, nuestra mente ha desarrollado “programas” automáticos que nos
han sido útiles para la supervivencia a lo largo de generaciones, una especie
de sistema operativo que todos llevamos de serie. Y precisamente el proceso de
emparejamiento humano es en el que más se juegan nuestros genes su
supervivencia. Si no conseguimos atraer a una pareja del otro sexo y copular
con ella nuestros genes no van a perpetuarse, así que es natural que en nuestro
sistema operativo tengamos algunos programas clave para gestionar el proceso de
atracción de género. Un ejemplo es el hecho de que en todas las culturas, desde
los pigmeos hasta los inuit, a los hombres les atrae una relación
cintura–cadera de 0,7 en las mujeres (la famosa forma de guitarra o reloj de
arena).
Hay mucha gente a quien le incomoda esta información. La atracción de
género es un tema muy emocional que afecta a áreas muy íntimas de nuestro ego.
Hay personas que prefieren creer en la “magia” y a quienes les molesta que se
aplique la investigación a asuntos tan emotivos como el amor o el sexo. Cosa
que podemos comprender perfectamente. Sin embargo, debido a nuestra formación
científica no podemos evitar interesarnos por un aspecto de nuestra vida del
que depende en gran medida nuestra felicidad e intentar descubrir seriamente
todo lo que pueda sobre él. Quien quiera creer en la magia puede seguir
haciéndolo...
Si la atracción está basada en programas que todos tenemos de serie y
que se han creado y perfeccionado a lo largo de miles de años, estos programas
no han podido cambiar en una sola generación. El contrato primigenio no ha
variado en el fondo aunque sí en las formas de expresarlo. Por ejemplo, aunque
la mujer no necesite ser mantenida económicamente ni ser protegida físicamente
por su pareja –pues el estado cumple hoy esa función– ella sigue teniendo la
necesidad emocional de sentirse protegida por su pareja. Una de las formas que
el hombre siempre ha tenido de expresar ese sentimiento de protección es la
caballerosidad.
Abre las puertas a las chicas, llévales las bolsas pesadas, préstales tu
chaqueta cuando tengan frío. Aun hoy en día la caballerosidad sigue teniendo
efectos… mágicos. Pruébenlo y cuéntennos los resultados.

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